En un salón pequeño el profesor Diego Rojas dirige la orquesta que depende del Centro de Educación Musical 1 (Cemu). Los niños aprenden desde cero a tocar el violín, viola, violoncello (chelo). Nazario (11), uno de los cellistas, ayuda a los principiantes. De a ratos va a la clase de guitarra, para tocar algunos acordes. El niño, muy amable y de mirada muy alegre, domina y disfruta de ambos instrumentos. 

Visto desde afuera el CEP junto a la 817 son los edificios más grandes del barrio que se ubica en una loma, a unos 500 metros de la ruta. Desde allí se pueden observar las viviendas de madera y de ladrillo que conforman esta comunidad.
En plena siesta, cuando la temperatura supera los 35 grados y el sol castiga cualquiera desearía estar descansando en una pileta o durmiendo con aire acondicionado. Pero aquí ocurre el milagro: desde muy lejos, barrios Ñu Porá y alrededores, que quedan a unos tres o cuatro kilómetros del CEP, van llegando puntualmente los niños y las niñas que asisten al taller de guitarra con la profesora Raquel Torres.
Caminan bajo el sol con sus guitarras a cumplir con su placentero compromiso. Son más de veinte jóvenes que se sientan en ronda en el salón de actos y comienzan a desandar el repertorio de música popular. A puro rasguido, comparten su pasión por la música.
Su profesora no mezquina halagos: “Leandro (11) y Alberto (11) tienen asistencia perfecta”, destaca. “Lucas (11) viene desde Ñu Porá, a cuatro kilómetros”, agrega.
Desde 2012, el taller de guitarras se ha logrado instalar en las actividades artísticas e inunda los salones con la melodías del folklore argentino y de otros países. Muchos de los estudiantes han logrado comprarse sus guitarras. Otros utilizan las de la escuela que son ocho, compradas especialmente para darle la posibilidad a todos los niños.